Una guirnalda de estrellas

«Gilbert Snook pensaba a veces que era el equivalente social exacto de un neutrino.

Era ingeniero de aviación y por lo tanto la física nuclear no era su especialidad, pero sabía que el neutrino era una partícula elusiva que interactuaba de modo tan tenue con la materia hadrónica normal del universo que podía traspasar la Tierra sin golpear ni perturbar otras partículas. Snook estaba decidido a hacer lo mismo en el trayecto lineal del nacimiento hacia la muerte, y a los cuarenta años ya estaba a punto de lograr lo que se había propuesto.

Sus padres eran individuos borrosos y poco sociables, con tendencia a la estrechez de miras, que habían muerto cuando él era niño dejándole poco dinero y ningún lazo familiar. El único tipo de educación que las autoridades locales ponían a su alcance era de
naturaleza técnica, presumiblemente porque era un modo más rápido y seguro de capitalizar las pérdidas que le acarreaba la comunidad, pero se había adaptado muy bien a las aptitudes del muchacho. Había trabajado duro, conservando sin dificultad su lugar
en el aula y el liderazgo del grupo en el laboratorio. Después de reunir un considerable fajo de certificados había optado por la ingeniería aeronáutica, ante todo porque era una ocupación que le permitía viajar con frecuencia al exterior. Había heredado el gusto de
sus padres por la soledad, y había utilizado plenamente su movilidad profesional para eludir las aglomeraciones. Durante casi dos décadas había deambulado por el Próximo y Medio Oriente, vendiendo imparcialmente sus habilidades a cualquiera —compañía
petrolífera, línea aérea u organización militar— que tuviera una flota aérea tambaleante y estuviera en disposición de pagar bien para mantenerla en vuelo.

Esos años habían visto la lamentable fragmentación de África y Arabia en estados cada vez más pequeños, y en ciertas ocasiones Snook se había encontrado en peligro de ser relacionado o identificado con una u otra de las entidades políticas encaramadas en el poder. Ese compromiso podría haber acabado en cualquier cosa, desde la obligación de aceptar un trabajo permanente hasta tener que enfrentarse a la ametralladora del verdugo mientras el arma contaba su rosario de bronce y plomo. Pero siempre —como un neutrino — se había escurrido ileso antes que la trampa de las circunstancias le dejara encerrado. En caso necesario se había cambiado el nombre durante breves períodos o había aceptado otras clases de trabajo. Había seguido su camino sin que nada le afectara.

En el microcosmos de la física nuclear, la única partícula capaz de amenazar la existencia de un neutrino sería un antineutrino; resulta irónico, pues, que fuera precisamente una nube de esas partículas la que —en el verano de 1993— interactuó tan violentamente con la vida del neutrino humano, Gil Snook.»

Bob Shaw: Una guirnalda de estrellas, Edhasa, 1979

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